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Apología a la libertad de expresión en tiempos difíciles

Actualmente, la libertad de expresión se encuentra atacada por todos los frentes. El deseo por controlar lo que se dice, lo que se publica y lo que se enseña no tiene banderas políticas. No obstante, el fenómeno de la llamada cultura de la cancelación ha mostrado la aparente contradicción de la forma en la que muchos movimientos que se autodenominan emancipadores de grupos históricamente marginados tratan, en su quehacer discursivo, la cuestión de la libertad expresión. Antes de abordar el problema, hago la salvedad de que no pretendo decir que se trata de un asunto universal, ni mucho menos atreverme a afirmar que esta praxis constituye una condición de posibilidad de sus respectivas teorías.


Más bien debe entenderse que mi ataque va a la forma como en la cotidianidad, muchas personas que se identifican con estas posturas argumentan en el debate público de las ideas. En especial, mi crítica se centrará en atacar las posiciones que afirman que hay cuestiones que no pueden ser debatidas públicamente y que ciertos individuos no pueden opinar sobre ciertos temas. La conjugación de estas dos ideas resulta en un autoritarismo “emancipador” que utiliza valores socialmente beneficiosos como la empatía y la compasión para justificar la exclusión de personas y puntos de vista del debate público.


Por supuesto, no todo discurso debe ser protegido y la mayoría de los Estados han sido ecuánimes al momento de trazar los límites del derecho a la libertad de expresión. No obstante, lo preocupante de la situación actual es cuando cualquier manifestación de disenso frente a las posturas de los que algunos han llamado “Nueva Izquierda” son retratadas como necesariamente una apología del odio, o un discurso discriminatorio. Esto ha resultado en casos evidentes de censura. Sin comprometerme a defender ningún ideal en particular, lo que si se me hace claro es que cuando un solo discurso se tiene por un grupo social como dado e inmutable, no solo se genera el estancamiento de las ideas, sino que además se genera el espacio propicio para que quienes piensan diferente sean condenados al ostracismo. Un ostracismo ejercido hoy en día casi siempre por la muchedumbre de usuarios de las redes sociales cuyas repercusiones trascienden ese espacio virtual.


Quizás no sea tan sencillo ver esta tendencia, pues quienes han comenzado a usar esta práctica excluyente han sido grupos históricamente sometidos a ese lugar de destierro de la esfera pública. Pero progreso no es invertir los lugares del oprimido y del opresor. La emancipación real supone quitar las cadenas de todos los seres humanos. Incluso de quienes se encuentran cegados por su privilegio. Pero esto solo se logra por medio del convencimiento y no por medio de la imposición. Porque si se excluyen a ciertos sectores del debate, solo por ser hombres, blancos, religiosos y/o conservadores, no se tendrá una sociedad más progresista, sino una en donde muchos callan lo que piensan y pocos dicen lo que creen.


El error de esta praxis debilitante no está solo en su preferencia de la fuerza sobre la razón, sino más propiamente en su falta de fe en el ejercicio mismo de debatir, principio rector de la democracia. Ver en el debate público, la mera afirmación de las posturas más refinadas asume que solo los más preparados y los más reflexivos pueden defender públicamente sus posturas. Pero si algo nos muestran las redes sociales es que hoy en día cualquier persona puede divulgar su pensamiento. Y si no reconocemos que en estos espacios cotidianos se encarna la esfera pública actual, tendremos una visión distorsionada de la sociedad, donde reforzado por el funcionamiento de los algoritmos, empezaremos a creer que la mayoría sino todos piensan como nosotros. Esto hace que nos volvamos intolerantes al disenso y que la mera diferencia nos ofenda.


Aunque este panorama parezca desalentador, el llamado es a debatir. Porque si, por el contrario, vemos en la proliferación invisible de ideas contrarias a las nuestras una causa perdida, desconocemos que los seres humanos tenemos la capacidad de cambiar. Estos son los dos errores capitales de la democracia actual: creer que solo se puede debatir sabiéndolo todo, y, en consecuencia, creer que quien debate no tiene nada que aprender, por lo que no puede cambiar de opinión. Esto lo que hace es olvidar que la esfera pública es ante todo un espacio constructivo, en donde en el mejor de los casos logramos consensos y en el escenario menos optimista nos muestra como mínimo lo verdadero del punto de vista opuesto o lo falso en el nuestro.


En mi experiencia personal este siempre ha sido el caso. En el ejercicio de apostar públicamente una tesis y defenderla frente a otras personas, el confrontarme con otros puntos de vista me ha hecho identificar mis falencias, mis puntos ciegos, aquello que no he considerado. Esto o me ha hecho reconsiderar completamente mi postura o me ha obligado a buscar mejores razones para defender aquello que creo. Si a usted lector, le ha pasado lo mismo, ¿por qué asumiría que las demás personas son incapaces de ser persuadidos por buenas razones? ¡No es esto esperar muy poco de la gente, verlos como menos capaces!


Pero todo proyecto verdaderamente democrático exige de sus ciudadanos la práctica de la igualdad más radical. La clase de igualdad que supone que el filósofo, el campesino, la mujer afrodescendiente, la activista trans, el sacerdote católico, el empresario capitalista y todos los demás individuos, empleen su capacidad de escuchar y ejerzan su derecho a ser escuchados en igualdad de condiciones dentro del debate público. Cuando perdemos esto, perdemos el futuro. Porque el único cambio posible sería el cambio que ejerce el fuerte sobre el débil. Pero si algo nos ha enseñado la historia es que ese cambio no dura…



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