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Historia Rosarista para Primíparos: Autonomía del Colegio Mayor

¿De dónde surge tanto misticismo en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario? Los primíparos, que apenas llevan alrededor de dos meses paseando sus aulas, se preguntarán por qué el Rosario es una universidad de y para estudiantes o cuál es la razón de otorgar tanta importancia a la representación o la colegiatura. Por más de que el tiempo los haya llevado a resolver algunas de sus dudas, este artículo busca ahondar más de cerca en cómo la historia de los fundadores sentó las primeras bases para ese fuerte sentido de pertenencia que nos caracteriza cómo rosaristas.


Como es de conocimiento general, la creación del Claustro fue idea del arzobispo de Santafé, Fray Cristóbal de Torres y Motones, quien arribó al Nuevo Reino de Granada luego de ser predicador de Palacio en la corte del rey Felipe III y posteriormente Felipe IV. Este anterior cargo le permitió posesionarse en las altas esferas de poder en España y obtener la sabiduría suficiente para enfrentarse a un poderío regional con alta incidencia en el desarrollo de la colonia. Una de sus mayores hazañas cómo arzobispo fue la autorización del sacramento de la comunión para los indios, ya que tal decisión tendría repercusiones que irían más allá del propio propósito de la evangelización. Las comunidades indígenas, luego de muchas tensiones y abusos por parte de los colonos, obtuvieron un paulatino reconocimiento social basado en su inclusión dentro de la vida cristiana, pues anteriormente se los veía cómo hombres inferiores que desconocían la religión de la Corona.


Por su parte, el mayor aporte de Fray Cristóbal a la nación colombiana fue, sin duda, todo el trabajo que dedicó a la fundación de nuestro Colegio Mayor. Luego de recibir aprobación real en 1651, se empezó la edificación de esta institución educativa de orientación tomista que, en un principio, se ideó para la impartición de cátedras sobre derecho canónico, leyes y medicina. A diferencia de otras academias influyentes de su época cómo la Universidad de Santo Tomás y la academia Javeriana, el Rosario contaba con una disposición fundamental en sus constituciones: el rumbo del Colegio Mayor, a lo largo de su historia, debía quedar en manos de sus propios estudiantes.


Esta última precisión va a ser el pilar argumentativo para el mayor aliado de Fray Cristóbal, quien luego de su muerte se dedicó a defender la autonomía del Rosario: Cristóbal de Araque y Ponce de León. No solo por la estrecha amistad que compartió con el fundador, sino por la cosmovisión conjunta que tenían sobre el Rosario, sabía que esta academia tenía una vocación de transformación social, donde sus colegiales llegarían a ocupar grandes posiciones idealmente reservadas para los religiosos; como la calidad de catedráticos, pasantes y rectores. Por tanto, cuando llegó la disputa por la posesión del Rosario, fue Araque quién defendió al gobierno colegiado hasta sus últimos días.


La pugna se debió a qué, antes de que Fray Cristóbal nombrase a Araque cómo rector perpetuo, le otorgó esta calidad (rector y vicerrector) a dos sacerdotes dominicos por la donación de ciertos bienes que la Orden de Santo Domingo había realizado en nombre de la religión. Estos frailes consideraron que habían adquirido el derecho de dominio sobre el Colegio Mayor por medio de dicha donación, además de sentir que tenían la potestad eclesiástica de comandar la educación dentro de la Nueva Granada. Fue por ello que, cuando Fray Cristóbal se reservó el derecho a designar colegiales y reiteró el carácter de gobierno colegial que tenía la institución, los dominicos instauraron una acción de protesta y empezaron a promover normativas distintas a las planteadas en las constituciones. Entre estas acciones, Fray Cristóbal denunció ante el rey el 20 de enero de 1654 que los padres dominicos llevaron religiosos y camas al Colegio para tomar posesión violenta y desconocer su autoridad. El fundador falleció ese mismo año y designó a Araque para que continuase con la defensa de aquel “bien común de todo este Reino”.


Diez años después, el 12 de julio de 1664, el rey Felipe IV dirimió el conflicto a partir de las Constituciones que fueron llevadas por Araque hasta Madrid. Éste no sólo aprobó las disposiciones constitucionales, sino que ordenó nombrar a Araque cómo nuevo rector, quitándole aquel poder a los padres dominicos que aún seguían allí y nunca desistieron de sus pretensiones.


Por más de que Cristóbal de Araque y Ponce de León murió al muy poco tiempo en Madrid, siendo incapaz de retornar a la Nueva Granada y fungir activamente como rector, su intervención ante la Corona sirvió para la concreción de otras decisiones que fueron vitales en el posterior desarrollo de la institución. Algunas de las más importantes son el patronato que la Corona asumió sobre el Colegio (hoy en día es el Presidente de la República), la facultad de que el rector pudiese designar a un vicerrector de su confianza (Araque alcanzó a nombrar al colegial Juan Peláez Sotelo) y la secularización del Colegio Mayor mediante una Real Cédula dirigida a la Real Audiencia de Santafé.


La victoria de Torres y Araque permitió que los estudiantes pudieran tomar sus primeras determinaciones cómo órgano colegiado, apartándose ejecutivamente de las influencias de la iglesia que aún eran propias de otras instituciones educativas de la nación. Por más de que el Rosario mantuvo su identidad religiosa, su iglesia y muchos de los símbolos religiosos que hoy nos caracterizan, su secularización marcó un hito histórico en el poder que se tenía sobre la educación y cómo ésta transformaría a la sociedad de aquel entonces.


Por más de todos los cambios que la Universidad ha experimentado en sus 369 años, la colegiatura sigue siendo el órgano máximo de representación estudiantil, constituyendo uno de los poderes pilares de su gobierno. Si no hubiese sido por la lucha vitalicia de sus fundadores, la identidad que caracteriza al Colegio Mayor se hubiese desvanecido en cuestión de cualquier vaivén.


Cabe resaltar que los consejos estudiantiles y demás figuras de la representación fueron surgiendo a partir de posteriores coyunturas de crisis que llevaron al fortalecimiento de nuestra identidad y convicción sobre la autonomía rosarista. Al primíparo, que es a quién va dirigido este artículo, se le invita a cultivar curiosidad por la inconmensurable historia que acarrean las paredes del Claustro, dejándose cautivar por los orígenes de nuestra universidad y el porqué de toda su magia.


Bibliografía.


Aristizábal, Diana Marcela; Vargas Valdés, Andrés; et al (2018). Un largo camino. Universidad del Rosario. 365 años. Bogotá, Editorial Universidad del Rosario. Capítulos primero y segundo, pp. 22 - 39.



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