Humanos, una minoría incólume


Fuente: Comité español de ACNUR


En tanto la naturaleza humana empuja a cada hombre a perseguir sus propios intereses, a renunciar al bien común y público por el egoísmo, y egolatría que tanto punza sus sentimientos, como resultado de que el instinto malo en el hombre impera más que el bueno en su espíritu, pues no renunciaría a sus metas si eso implica rebajar a escoria a su congénere.


También existen por otro lado, en menor medida y refugiados de la crueldad, cólera y hostilidad de la sociedad, seres humanos que reafirman la esencia principal que los diferencia de los animales, la humanidad. Aquella virtud perdida tras siglos de horror y sangre, tras años de guerra y poder. Característica que solo ellos tienen, pues los perdidos en esos inmensos mares que hoy llaman sociedad copan de opulencia, odio, venganza y rencor sus pobres corazones.


Humanidad que les fue dada con el transcurso del tiempo, pues el ser humano nace malo, encadenado y perseguido por lo errores de su pasado. No como Rousseau de manera positiva y honestamente ingenua afirmaba: “El hombre nace bueno, pero la sociedad lo corrompe”. Estos hombres que dan esperanza y algo de futuro al desarrollo de la sociedad civil, muestran la verdadera razón y valía del ser humano, demuestran el por qué vale la pena luchar por el necesitado e incluso por el que lo tiene todo.


Reviven aquella llama apagada en cada corazón ofuscado en razón de la violencia de su entorno; impulsan y guían el camino para buscar la felicidad de todos y no de unos pocos, esos pocos que tal vez podemos denominar como la “mayoría” a costa del dolor de los olvidados, condenados a ese sufrimiento por simple gracia del destino, que selecciona a quien quiere y menos lo merece (fenómeno que nos empeñamos en interpretar con alguna explicación divina, pues hay un plan superior que recompensa a los oprimidos, queriéndonos quitar toda responsabilidad de nuestras conductas, acciones u omisiones que han llevado a rezagar y aislar gran parte de la población en mísera pobreza).


Estos hombres que llamaremos humanos persiguen el bien que les dicta su corazón y la rectitud de su alma, guiados por la razón y el espíritu insaciable de ternura y compasión. Su vista hacia el hombre deja entrever la esperanza que tiene en cada persona sin importar el pasado que lo precede, el presente que lo condena, o el futuro que lo aqueja. Pues estos humanos evolucionaron en su sentir, reaccionaron a ese porvenir nauseabundo que conduciría a la sociedad si las acciones de las personas se empeñarán cada vez más, en menospreciar y socavar la dignidad humana del más débil, del pecador o del que por razones varias quebrantó, vulneró o violó las normas sociales, culturales o jurídicas de esta colectividad podrida.

Humanos que, en el transcurso de su crecimiento moral y racional, rechazaron la condición humana que llega inherente a nuestro nacimiento -el odio y el rencor, la venganza y la envidia-. Que crecieron en espíritu y en la verdad inquebrantable que desean impartir en el transcurso de sus vidas.


Humanos que ven a las personas por lo que son: semillas de luz que con las palabras y el cuidado necesario impactan a su alrededor. Seres humanos que no pierden tal condición, aunque por algún error de su pasado, fueron llevados al desprecio de la gente para ser condenados a tener menos garantías y derechos que los animales.


Y es que solo viendo al otro como un fin en sí mismo, como tanto lo advirtió Kant, lograremos acabar con ese futuro incierto que llega a cada individuo y corrompe su alma, perpetuando la maldad y venganza que asesta y colma el ADN de cada hombre al nacer. Porque de nada sirve una vida de éxitos, acosta del sufrimiento de otros o consolándose en la idea de que son circunstancias que no se pueden cambiar, pues como expresaba Alusión de Fedro: “a no ser que sea útil lo que realizas, la gloria que se te adjudica es vana (o necia)”.


Así Nodier Agudelo en algún momento escribió: “Porque solo la solidaridad nos llevará a pensar que el sufrimiento del más humilde de los seres humanos en cualesquiera partes del mundo donde él se produjere nos lastima también a nosotros: hacemos parte del continente humano.

(...) Y es que solo el amor a la humanidad salvará a la misma humanidad''.

Nota: La información expresada en este artículo no compromete la voluntad de la Universidad del Rosario ni del Periódico Enclaustrados.

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