Los problemas de la representación estudiantil, unas modestas preguntas

¿Qué es la representación estudiantil? Más allá de las fiestas, más allá de las bombas, y la pompa y la circunstancia, y los amigos sorpresa que uno se encuentra, cuando nos escriben por WhatsApp para presentar sus humildes planes de gobierno.


Podemos responder a esta pregunta de dos maneras:


Según lo que vemos en el alcance que otorgan al Consejo Estudiantil sus propios estatutos, la representación, más allá de cualquier otra cosa, debe ser el puente entre el estudiante y la institución. El representante es un primero entre iguales que da la cara por su semestre: los representantes nos acompañan desde los procesos de matrícula hasta las instancias de procesos disciplinarios; organizan tradiciones celebradas y celebratorias de cada facultad, para aportar al fondo de becas, para la promoción de algunas iniciativas (como lo fue este periódico en su momento); para muchas cosas, que podemos o no conocer de primera mano, y por lo que no se le puede restar mérito a ciertos aportes que los consejos han hecho a la vida estudiantil.


Hay, sin embargo, otra realidad que nos resalta, o no —siendo más subjetiva—, sobre lo que es la representación en las facultades del Claustro. En este sentido, el representante termina siendo al estudiante lo que el edil es a la mayoría de los ciudadanos: lo elijo, en teoría, —pero no sé exactamente qué hace o cuál es su alcance, puede ser como un concejal "chiquitito", o como un alcalde abstracto—. El representante, por todo lo que lo rodea, parece asimilarse a una suerte de político, en el sentido más general —o nebuloso, si se quiere— de la concepción popular, querámoslo o no.


Y, ¿por qué no lo sería? En los consejos estudiantiles tenemos títulos tan ilustres como los de los cancilleres, presidentes, vicepresidentes, tesoreros. No sorprendería que les fueran a seguir algún día los tribunos populares de los estudiantes y los dioses emperadores del Claustro, solo por llamarse de alguna manera, o que el Consejo Superior pudiera otorgar a alguno de sus funcionarios un Consultum Ultimum y poderes excepcionales, para que pueda organizar la venta de boletas unilateralmente.


Digo, entonces, que el problema presente no es lo que han hecho, o han dejado de hacer, los consejos estudiantiles. Lo que me preocupa, y preocupa a personas cercanas a la misma institución, es el momento previo a la elección. Si lo que se requiere para cumplir la labor estatutaria frente al estudiantado es cierto nivel de empatía, de integridad, o de diligencia, entonces, ¿de qué nos sirven estas dinámicas electorales que vemos llenando Casur? Si una persona es adecuada para su labor, y este es meramente de servicio a quienes lo eligieron, no se explica funcionalmente la necesidad de relevarle de esta posición. Si nadie puede señalar exactamente en qué han fallado los consejos estudiantiles de los últimos años, ¿por qué es tan prevalente el punto del cambio en las narrativas de los candidatos que igualmente han llegado a relevar a consejos anteriores?


Esta noción del cambio ha sido traída a colación en algunas conversaciones que he tenido con miembros antiguos de consejos estudiantiles de una facultad en particular. Nadie me ha podido explicar por qué se debe revolucionar la forma en que se abordan las funciones de la representación, al menos no de una manera práctica. La verdad es que, en mi opinión, todo lo que diga un candidato en el momento de mayor visibilidad ante el cuerpo estudiantil, no señala a la primera característica con que describí la representación estudiantil, sino a la segunda. Los consejos no han sufrido de fallas sistemáticas, más allá de los escándalos semestrales con los que personalmente me he familiarizado, que requieran a una nueva cohorte de visionarios para efectuar el “Cambio”. Resulta, incluso, mucho menos consecuente cuando observamos que las caras de las listas no han tenido una particular vocación de cambio.


La narrativa, según parece, responde a esa lógica política. Los debates, que parecen ser útiles para dar a conocer en conjunto a los oponentes de cada semestre, solo cumplen con acentuar la similitud estética a la que aspiran quienes quisieran un cargo de tal magnitud en su hoja de vida, sea para aspirar a la colegiatura o simplemente para sentir sus esfuerzos bien condecorados. Sin intentar ser despectivo con mis compañeros, debo señalar en este punto que en muchas ocasiones la representación estudiantil no es una vocación, ni un llamado; es un hambre, un ánimo de ser, y en pocas ocasiones de hacer, al menos en mi perspectiva alejada de círculos cercanos a los consejos. Estos son, sin embargo, males que se podrían tolerar, en principio, en nombre de la verdadera expresión democrática de los estudiantes, pero tampoco creo que el consejo estudiantil sea un cuerpo fundamentalmente democrático.


Recordemos algunos casos, en que se han tomado decisiones trascendentales sobre la composición o funcionamiento de los consejos, de las cuales son pocas las ocasiones en que han sido anunciadas o dadas a conocer al “electorado”. Esto es porque los estatutos no disponen de la publicidad como una obligación, en eventualidades que en principio deberían requerirlo; se pierde entonces una piedra angular de la democracia, que es la transparencia. Lo que busco ilustrar con este punto, y con ciertos señalamientos unos párrafos atrás, es que no hay una razón funcional o teleológica para decir que la figura del representante es —o debe ser— una fundamentalmente de vocación democrática, sino que se asemeja más a una carilla meramente electoral, para hacernos sentir incluidos en decisiones institucionales.


No quiero, a pesar de lo que pueda parecer, desacreditar enteramente a mis compañeros representantes, miembros de mesas directivas, de consejos, vocales, u otras personas que se sientan identificadas o inspiradas por la representación estudiantil. Nuevamente, debo conceder que muchas cosas buenas se han logrado, o se han acompañado, desde los consejos estudiantiles del claustro, pero, si pudiera simplemente dejarle unas preguntas al lector, estas serían:


¿Para qué grandes discursos? ¿Para qué promesa de “cambio”? ¿Para qué los cálculos electorales? ¿Para qué sirven las bombitas y los afiches y los debates? ¿A qué responde todo esto?

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