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Un experimento llamado democracia - En defensa de la representación estudiantil


Decir que la representación estudiantil en la Universidad del Rosario está en crisis sería atenuar la situación. Desde hace varios años la confianza de los rosaristas frente a esta institución se ha ido perdiendo hasta desenvolver en la situación que vimos en las elecciones pasadas. Fue tanta la animadversión que una campaña espontánea y descentralizada en favor del voto en blanco logró ganar una gran cantidad de escaños, dejando a todos sin saber qué iba a ocurrir con los Consejos ante este insólito suceso.


Así las cosas, no son pocos los que reniegan de esta institución y hoy afirman que no hay razones que justifiquen su existencia. No obstante, considero que esta postura implica en todo caso, perder demasiado. De modo que este escrito intentará presentar un argumento en favor de la representación estudiantil. Para ser más preciso, del valor de que en la Universidad cada año participemos de manera directa en el experimento más valioso de todos: la democracia. Por este motivo no me enfocaré en exaltar los beneficios que supone contar con representantes que constituyan un órgano de gobierno en la universidad, pues hacerlo sería o bien hablar de lo redundante o presentar efectos contingentes como necesarios, pues esta serie de argumentos consecuencialistas depende en gran medida de la calidad de los representantes en cada ocasión.


A lo que me refiero con esto es que, si bien uno podría alegar que los representantes estudiantiles informan a los estudiantes de las políticas institucionales, abogan por los intereses del estudiantado o fungen como una especie de conciliadores o mediadores entre los diferentes conflictos que se sucintan en la Universidad, todos estos argumentos dependen de que en todos los casos los representantes cumplan con dichas funciones y ejerzan de manera adecuada su labor. No obstante, esto puede o no puede suceder. De modo que una defensa de la representación estudiantil no se puede fundar sobre estas bases inciertas. Más bien debemos indagar sobre qué hace de esta figura una práctica valiosa en sí misma, más allá de los resultados que pueda producir en el bienestar de la comunidad rosarista.


Para esto se requiere entonces de una caracterización de lo que es la representación estudiantil. Sirve pensar en la metáfora de un laboratorio en donde cada uno de nosotros es al mismo tiempo el científico experimentador como el objeto de experimentación, en tanto parte de la colectividad que es la comunidad rosarista. El procedimiento experimental es la práctica de la democracia, pero una forma particular de esta. Lo que distingue esencialmente a esta democracia de la que se juega en la esfera municipal, departamental o nacional no tiene que ver con los procedimientos de elección ni con la naturaleza de las funciones de los cargos. Las diferencias principales son que la representación estudiantil requiere por dimensión y razón de ser de un contacto más directo entre electores y elegibles/elegidos a la vez que lo que se juega en la elección es mucho menos impactante que lo que se juegan en las elecciones ciudadanas. Estas particularidades podrían parecer aspectos que le restan importancia a la representación estudiantil, pero en la realidad lo que hacen es abrir posibilidades más interesantes incluso que las elecciones “reales”.


Pero volvamos a la metáfora. Si esencialmente el experimento que estamos realizando es esencialmente uno democrático, aunque con particularidades, hay ciertos valores que se extraen de este mero hecho. La democracia, como todo sistema de gobierno, no es natural a los seres humanos. Es una construcción social que requiere de aprendizaje y mantenimiento por parte de quienes la practican. Dicho aprendizaje va más allá de la teoría, pues como práctica su aprendizaje solo es posible en la esfera del hacer. De modo que, si encontramos valioso el ejercicio de la democracia en general y como forma de gobierno estatal, una institución como la representación estudiantil que nos permite a los estudiantes asumir los roles posibles en el ejercicio democrático, es esencialmente una escuela de la democracia y por ser tal valiosa, independientemente de los resultados de las elecciones.


¿Pero en qué medida es este un experimento distinto del que practicamos cada vez que la Registraduría Nacional nos convoca a ejercer el derecho al voto? En la medida que sus dos particularidades (el contacto directo y el grado de impacto) hacen posible que las dinámicas de la democracia estatal, tanto positivas como negativas, se repliquen o no. En este sentido, todos hemos podido presenciar fenómenos parecidos a lo que suceden en la política nacional. Por ejemplo, hemos presenciado lo más admirable de la política, el ingenio publicitario, la multiplicidad de propuestas, la armonización de diversos intereses para crear un único proyecto político, la confrontación respetuosa de grandes ideales, la disposición inquebrantable de los candidatos por hacer conocidas sus propuestas y conquistar votos. Sin embargo, también hemos visto lo peor de nuestra política como lo es la excesiva ambición personal, las promesas vacías, los discursos trillados y la apatía política de los electores. El fenómeno de como nuestra representación refleja la democracia estatal es de por sí interesante e incluso valioso desde un ámbito puramente teórico.


Pero a diferencia de la política que juegan los políticos de profesión, la que hacemos en la Universidad no está limitada por la rigidez de las costumbres políticas ni por el peso del gran alcance que tiene la elección de un funcionario público. Por esta razón, se hace posible la transgresión, la reformulación o incluso la creación de otras prácticas políticas. Prueba de esto es que las elecciones pasadas vieron la victoria arrolladora del voto en blanco, incluso en algunas de las candidaturas de presidencia, en contraste con Colombia, donde el voto en blanco solo ha ganado una vez en elecciones locales en el pequeño municipio de Tinjacá. Esto nos muestra que sin duda puede haber innovaciones que surjan desde nuestras elecciones al Consejo Estudiantil. Pero solo podemos verlas si asumimos un papel más constructivo en todo el ejercicio. Si como electores exigimos, cuestionamos y participamos más. Si como candidatos nos atrevemos a intentar cambiar lo deplorable de la politiquería estatal. Y quizás en la interpretación más espontánea de estos roles creemos nuevos ciudadanos que repliquen lo aprendido en la esfera estatal.


Aunque suene demasiado optimista creer que las prácticas que se construyen alrededor de nuestros procesos de elección de representantes estudiantiles pueden tener una afectación más amplia de la del mero ámbito universitario, lo cierto es que toda gran idea necesita empezar en algún lugar. ¡Cuál mejor que en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario! Pues no debe de olvidarse que existen muchas voces que consideran, y con buenas razones, que no hubiera existido en este país una República si nuestros próceres, educados en estas mismas aulas, no hubieran aprendido de nuestra institución más respetada que es la Colegiatura, las virtudes y los requerimientos del autogobierno. Démonos entonces la posibilidad de ser de nuevo un laboratorio para la democracia colombiana.

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