top of page

La culta comedia del inculto

Este año ha traído consigo múltiples simposios, eventos y conferencias profundamente académicas: personas muy preparadas, con vestidos muy serios, razonantes de complejas preguntas, portando textos con cuidada citación, ante cuartos de virtuosismo y saber, en edificios con historias de grandeza. Una serie de reuniones que, al escucharlas, se me hace imposible dejar de pensar en arroz. Así como en Colombia parece haber una cierta obsesión con el arroz, un almuerzo sin este alimento no es almuerzo, en el ambiente contemporáneo parece haber un continuo deseo de lo académico. Entre los círculos del “conocimiento” aquello poco académico no merece ser escuchado. El arroz académico termina por intentar juntarse con cualquier otra cosa para extender su unitario valor. En una condición así me veo dividido: como licenciado, por un lado, aborrecedor del arroz y adicto a la consideración más pragmática posible del saber; y como filosofo, por otro lado, afín lector del arroz más extraño y poco modesto posible a un punto tal que se me va la vida en descubrir como catarlo de forma correcta. Aún muy a pesar de defensas hermenéuticas y propedéuticas de la extrañeza en el habla o de la excentricidad en la estructuración de una idea, he de admitir que la filosofía es culpable, a nivel superficial, de todas las concepciones que la ven desconectada de la realidad más inmediata. Por ello, y porque las cumbias siempre están relacionadas con la realidad inmediata, pocas cosas se me ocurren más apropiadas en primera medida, ante el objetivo de comer un poco menos de arroz, que una “cumbia epistemológica”.


Y una vez más, el impacto fue tremendo




Les Luthiers es un grupo musical y humorístico que en sus recitales tendían a combinar el humor finamente construido sobre el lenguaje con preludios a grandes obras de compositores (inventados) e interpretaciones de sus obras. En esta agrupación los temas tratados cumplen con todas las reglas de formalidad esperables de una disertación o un concierto solemne y la música se ve perfectamente ejecutada, pero todo esto desentona con el desarrollo y los modos de desenvolvimiento del mismo. Estos músicos humoristas tienen por característica principal la mezcla de cosas aparentemente contrarias y es en ello en lo que construyen la base de su comedia, una mezcla así resulta un patente desafío a toda idea que separe irremediablemente lo solemne y lo absurdo, lo culto y lo inculto, lo académico y lo no-académico. Es por ello que Les luthiers resulta perfecto a la hora de guiar una reflexión como la que quiero plasmar aquí: porque su trabajo es, ante todo, una trasgresión de la solemnidad más culta y virtuosa basada en juntar estas cosas con sus contrarios. Tal conjunción, por ejemplo, en dilema de amor, lleva a ilustrar ambas cosas casi como necesariamente separadas: así como hay musical alta y refinada (como las oberturas académicas), hay música baja y tosca (cumbias); así como hay temas valerosos (como los que construyen un saber organizado), hay temas impúdicos (como los que apelan a las hormonas). De esta forma en los círculos académicos lo inculto se vuelve sinónimo de insulto y motivo de exilio. Tal exilio resulta tan radical que difícilmente puede lo “académico” relacionarse con lo “no-académico”, pues el segundo siempre parece malinterpretar, a partir de sus temas impúdicos, los conceptos formales. Siendo así parece apenas lógico que las personas pierdan valor en sí mismas y lo ganen en torno a los autores que conocen y la congruencia de estos con los argumentos; toda atracción posible se hace permisible únicamente a partir de un nivel intelectual debido a que “no se debe aceptar la banalidad”.


Así pues, lo académico y lo no-académico llegan a un nivel de disparidad tal que el segundo requiere notables y continuas ayudas externas para poder ser interlocutor del primero a un nivel de complejidad apenas aceptable. Piénsese, por ejemplo, en la payada de la vaca, donde lo no-académico debe ser corregido múltiples veces para responder en una estructura apropiada; una de las justificaciones de este desnivel suele acudir a precompresiones que permiten responder de forma correcta a ciertos contextos. En el caso de la payada mientras un musico conocía perfectamente la estructura de la música el otro la desconocía y, sumado a su dificultad para resolver el acertijo, termina mostrándose inepto e incapaz de mantener un nivel de interlocución. Otro ejemplo se halla en la conversación que da paso a El negro quiere bailar, la precompresión de uno lleva al baile y su historia, mientras que la del otro lo lleva a la comida y sus aprendizajes de juventud. Esta conversación también muestra otra concepción producto de la separación radical entre académico y no-académico: cuando ambas cosas se juntan e intentar entablar una conversación, está siempre tiende a degenerar en algo absurdo y carente de valor, por ello se hace necesario un traductor que interceda entre ambas partes. Ahora bien, téngase en cuenta que una vez marcado como poco académico se es visto como carente de valor y es difícil ser escuchado en tal condición, por ello el traductor maneja otra función. Esta función corresponde a una confirmación de que hay motivos para escuchar a quien se excluyó y desestimo, de ahí que en obras como El regreso del indio acceder a un traductor francés resulta un logro importante. Ahora bien, en tanto logro este tercer sujeto se vuelve una suerte de agregado que trae prestigio consigo. De una concepción así surgen profundos problemas de los cuales he de hablar a continuación, pero hay un detalle en la presentación de Dilema de amor que resultará la guía de la última sección de este texto: quienes toman el rol de representación de lo común, terminan por decidir atender a la filosofía (a lo académico), solo a partir de interés personal; alejados de un saber complejo fundamentado sobre el saber mismo.


Cálmese doctor







De la radical separación tratada en la anterior sección del texto surgen ciertos modos de actuar. Si cosas como el acceso a estratos sociales y la reputación se están jugando continuamente en la muestra culta de uno mismo, pues siempre se esperan nuevos trabajos académicos, ante tareas inesperadas es necesario el máximo esfuerzo. Si este esfuerzo no es aceptado como suficiente la exclusión resultante puede llegar a generar daños personales, tal es el ejemplo de Helmuth, compositor de El poeta y el eco. Por ello, como se ve en Monologo de Daniel Rabinovich, puede llegar a ser necesaria una recurrencia importante a la improvisación, una capaz de tapar las falencias. Reaparece entonces el sujeto excluido, aquel cuyo esfuerzo no fue suficiente o cuya improvisación resulto incapaz de convencer, como la figura de alguien inculto que intenta mostrarse culto y, al fallar en su tarea, se transforma en un motivo de burla. He aquí el valor de una preparación previa, pero ello solo es posible si se conoce de antemano el trabajo académico al cual habrá de enfrentarse y un ejemplo de estas condiciones aparece en el Concierto de Mpkstroff, en este ejemplo aparecen, por lo menos, dos formas de preparación: 1) la medida construcción de un discurso, en este caso el discurso resulta una interpretación de los sonidos de los cuales se compone la obra de forma tal que se deje entrever un entendimiento profundo y complejo de aquello de lo que se hablara. Sin embargo, los elementos hallados en la interpretación no siempre están contenidos en lo interpretado, se termina formando la posibilidad de crear un discurso poco acertado (que mal interpreta en este ejemplo), pero que se revela muy eficaz a la hora de mostrarse culto; 2) otra forma de preparación para la tarea de nuevos trabajos académicos es mediante una exagerada búsqueda del virtuosismo más práctico, un virtuosismo que haga gala de la gran planificación y capacidad manejados. Esta apelación es especialmente usada en el ámbito musical para intentar resaltar. Por otra parte, cuando no se tiene clara la tarea a realizar es necesario descubrirla en algún interés, en tal acción se da a luz investigaciones como la del “tarareo conceptual” presente en la Aria agraria. En caso de mantenerse la mentalidad de separación total entre lo académico y lo no-académico, un trabajo como el “tarareo conceptual” (que investiga lo no-académico) termina volviéndose un absurdo; una investigación sin ningún valor, pues, ante lo académico es un chiste y ante lo no-académico es innecesariamente complicado y poco útil. Esta forma de broma muy seria tiende a ser un esfuerzo por la clasificación más precisa y completa posible sobre un tema que no lo requiere. Esta parece ser la condición de las academias en la actualidad si se consideran eventos como los premios Ig Nobel, sin embargo, investigaciones merecedoras de un Ig Nobel han resultado útiles en varios ámbitos. He aquí otra sugerencia, como la que cerro la anterior sección del texto, de que la concepción de separación radical entre lo académico y lo no-académico resulta más bien algo poco extendido en general.


Fe de errata, donde dice “su copiosa producción” debe decir “su copiada producción”




Para lidiar con esta sugerencia que cierra el anterior párrafo he de partir con que un académico tiene como una de sus características más notorias la de ser una suerte de enciclopedia acerca del tema que estudia. Tómese como ejemplo de ello la presentación que abre la canción A la playa con Mariana, pues un interés tan profundo como el que vuelve a alguien una enciclopedia de un tema es condición que suele llevar a divagaciones y son ellas las que permiten, muchas veces, una mayor profundización del saber. Tal cantidad de conocimiento almacenado es usualmente adquirido a partir de un profundo interés personal, por ello resalte el detalle al final de la presentación de Dilema de amor, pues este impulso inicial nacido de un malentendido puede llevar a uno de los coristas a interesarse en la filosofía y, con ello, convertirse en un académico. He aquí el por qué tal final puede dar una pista de que lo académico y lo no-académico no necesariamente están separados de forma radical, sino que muchas veces uno es derivado del otro. Esta es la afirmación que he intentado defender a lo largo de este texto y espero que con ello no se me confunda: no busco eliminar lo académico, ni disminuir las pretensiones de conocimiento formalizado, mucho menos dudar de las utilidades de las academias y sus producciones. Es indudable que la academicidad tiene aspectos positivos, deseables e incluso necesarios a ciertos niveles; no obstante, busco advertir que es importante no olvidar que se puede almorzar sin arroz. Es importante tener presente que, así como en el bolero Perdónala se dice que: “los que amamos a Mastropiero creemos que muchas de estas conductas que se le atribuyen en realidad le son totalmente ajenas. Probablemente sean de Gunter Frager”; es probable que la academicidad que se les atribuye a los círculos académicos le sea, en realidad, totalmente ajeno. Probablemente sean de la sociedad que los contiene.



22 visualizaciones0 comentarios

Entradas recientes

Ver todo
bottom of page