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Tragicomedia Nacional Constituyente

Asamblea constituyente. Dos palabras que saben levantar polvareda allá donde se dicen. Es producto del panorama político de los últimos años que abordar el tema de una asamblea constituyente es algo que sólo puede surgir del rincón más oscuro, más recóndito y más perturbador de la mente humana. La reacción casi automática del interlocutor es encontrar los argumentos más convincentes para dejar claro que simplemente no hay razón para que esta cuestión sea otra cosa que un escándalo que bien podemos evitar. Después siempre sigue la misma retahíla. Hugo Chávez. Venezuela. Golpe. Desechar los valores de la democracia. Amenazar los cimientos de la nación. Consentir la degeneración despótica. Es una percepción que ha impregnado tanto nuestra sociedad que es casi imposible escapar por mucho que lo intentemos. Más allá de las incómodas cenas familiares en las que se habla de política, encuentra su camino hacia la educación, los medios e incluso la rutina.


La asamblea constituyente es algo así como el Coco. Pero al igual que el Coco, no fue inventada ayer. Esto no es resultado del ingenio de Hugo Chávez. Ni de Daniel Ortega. Ni de Fidel Castro. Podríamos nombrar personajes desagradables todo el día y la noche y aun así estaríamos demasiado lejos de encontrar lo que buscamos. De hecho, no tienen nada que ver los mesías bananeros cuyo nombre no cabe en una frase que no sea una condena con lenguaje colorido. Si recordamos, existe esta historia sobre cómo las personas dejaron de pelear entre sí para que una especie de entidad sobrenatural llamada estado tuviera el poder de arreglar todo por ellos. La parte de esta historia que nos interesa es en la que el estado aparece investido de poder y su marco de actuación se delimita en relación con los ciudadanos ahora organizados en sociedad. Ése es precisamente el origen de los procesos constituyentes tal como los conocemos hoy y es una historia que hemos estado contando durante más de quinientos o seiscientos años.


Toda esta introducción viene a propósito de que recientemente el presidente Gustavo Petro se dirigió públicamente para confirmar las ominosas predicciones de la oposición a su gobierno. Declaró, sin ningún tipo de censura, casi orgulloso de sí mismo, que la única manera de poner fin a los problemas del país era nada más y nada menos que convocar a una asamblea constituyente. Creo que con todo lo que hemos visto anteriormente está de más decir cuál fue la reacción de algunas personas cuando recibieron la noticia. Aunque, evidentemente, no faltaron quienes elogiaron al presidente por la valentía que tuvo al proponer una idea tan brillante y elocuente. Una vez más, hágase el debate.


No tengo ninguna intención de darle la razón a ninguno de los bandos que siempre se forman en estas discusiones. Si esta columna realmente se tratara de eso sería un completo desperdicio de dos mil palabras. Tengo algo muchísimo más simple en mente. Sólo quiero hacer tres preguntas para saber qué hay detrás de la propuesta de asamblea constituyente. Todavía no sé si las respuestas que reciba lograrán convencerme a mí o a alguien más de alguna posición. Pero si de algo estoy seguro es de que al menos estaré satisfecho con escuchar buenos argumentos. Y si no, tendré que contentarme con las intervenciones de quienes siempre tienen algo que decir al respecto. Para hacerlo más divertido, si se me permite, me gustaría presentarlo como una obra de teatro, porque el chiste ya no se trata de vivir en una simulación, sino en una tragicomedia. Se abre el telón.

 

ACTO I

¿Quién?

 

La palabra favorita del presidente es «pueblo». En cualquier discurso que dé es casi seguro que aparecerá al menos cada dos oraciones. Es casi como si estuviera casado con la dichosa palabra y no con Verónica Alcocer. «Pueblo» es una palabra curiosa, si nos detenemos a pensar un poco. Es una de esas palabras con connotaciones extrañamente religiosas que nadie entiende pero decimos de todos modos porque se siente bien. En mi punto de vista, las palabras que más se le parecen en eso son justicia social, narrativa ideológica y activismo transversal. Palabras como éstas se pueden usar de diversas maneras que pueden distar de decir algo sustancial. Pero el presidente tiene un uso muy particular de la palabra «pueblo» que no debería sorprendernos.


Los políticos tienen un eslogan bastante estereotipado que repiten mucho últimamente. Todo es por y para el pueblo. Ya sabemos muy bien que lo único que sustenta esta expresión de bolsillo es puro humo. Pero eso no ha impedido que a nadie se le ocurriera estirarla, romperla y moldearla con el toque de sus manos de artista para que luzca lo suficientemente original como para poder usarla una y otra y otra y otra vez. El presidente y otros actores de la esfera pública colombiana saben perfectamente que todo lo que digan debe ser o incluir sólo una mutación de esa frase para que al menos lo que digan sea tomado en serio. La propuesta de asamblea constituyente se debate precisamente porque se dice que es por y para el pueblo.


Va mi pregunta. ¿Quién pide una asamblea constituyente? Sí. Ya sabemos que el presidente dice que es por y para el pueblo. Pero para mí esa no es una respuesta. Simplemente decir «pueblo» no es nada. Necesitamos saber exactamente quién en ese pueblo del que tanto habla el presidente está pidiendo una asamblea constituyente y por qué. Pero no se trata de jugar a señalar opuestos y sacar la conclusión simplista de que el presidente sólo quiere instaurar su propio autoritarismo bananero. Sin embargo, por si sirve de algo, hay una encuesta de la Fundación Konrad Adenauer, la Universidad del Rosario, Cifras y Conceptos y El Tiempo que muestra que el 82% de la población del país aprueba el orden constitucional actual. Si me preguntan, parece difícil insistir en una justificación de ese calibre.


Incluso si se tratara de algún tipo de reivindicación histórica, nos encontramos con el mismo problema, ya que es difícil decir cuál es. Es más, el presidente puede estar traicionando la reivindicación que la Constitución de 1991 significa para los grupos desfavorecidos y subrepresentados a lo largo de la historia del país que combaten la exuberante violencia que el país ha vivido desde el siglo pasado. Una asamblea constituyente sería dar la espalda a todos los esfuerzos que el movimiento que vio nacer su carrera política, el M-19, hizo para ver nacer la Constitución, sobre todo porque ellos solos fueron la mayor fuerza de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Es una ironía triste y cómica al mismo tiempo.

 

ACTO II

¿Por qué?

 

El presidente dijo que los problemas del país son tan graves que la única manera de resolverlos es convocar a una asamblea constituyente. ¿Crisis institucional? Asamblea constituyente. ¿Desamparo de derechos? Asamblea constituyente. ¿Estancamiento económico? Asamblea constituyente. Lo que quiere decirnos con esto es que los mecanismos previstos por la Constitución para la acción estatal simplemente no son suficientes. Como los de la Constitución anterior. Y los de la anterior a esa. No hay manera de hacer las cosas bien sin importar cuánto se modifique y reglamente la Constitución. En esto les hace un favor a los anarquistas al decir que el régimen del estado liberal tampoco es suficiente.


Pero bueno. Aunque sería muy interesante explorar y teorizar sobre cómo podría funcionar el establecimiento de una sociedad anárquica en Colombia, no podemos desviarnos de la cuestión que nos ocupa. No me pondré de jurista castroso a explicar detalladamente por qué no habrá límite imaginable para lo que creemos que es la ineficiencia de la Constitución si la medimos con ese criterio. Lo que necesitamos saber aquí es que la ley en todas sus formas –incluida la Constitución– intenta ser lo más abstracta posible, pero como es un producto del lenguaje humano, a menudo fracasa estrepitosamente. Aun así, el marco en el que operan los sujetos de derecho puede quedar suficientemente claro a través de diferentes medios para saber qué margen de acción tienen.


Sí. Soy perfectamente consciente de que una cosa es crear la ley y otra aplicarla. Pero esto es precisamente en lo que estoy basando mi razonamiento. La extensión de la decisión nada tiene que ver con su concepción. El problema de la legitimidad y la aceptación de la política estatal es diferente del problema de la operación e integridad per se de las instituciones. ¿Por qué no trabajar en compromisos legislativos para aprobar leyes estatutarias o actos legislativos? ¿Por qué no establecer un sistema más riguroso de pesos y contrapesos sobre las instituciones sin afectar su autonomía? ¿Por qué no nombrar personas verdaderamente calificadas para las oficinas gubernamentales más importantes? En definitiva, ¿es realmente la asamblea constituyente nuestra única salida?


Si se me pregunta, el presidente no tiene motivos para decir que ha agotado todas las opciones disponibles para implementar su «agenda de cambio». La administración Petro, al igual que la administración Duque, la administración Santos o la administración Uribe, ha cometido errores monstruosos. Irene Vélez como ministra de Energía fue, es y será siempre el recordatorio vivo de que la negligencia y la terquedad no conocen la discriminación por ideología política. Creo que más de uno estará de acuerdo conmigo en que esto despoja al presidente de toda autoridad para sermonearnos sobre lo que es correcto e idóneo. Pero si algo nos deja claro esta situación es que Gustavo Petro cree que puede ganar más políticamente llevando la contraria.

 

ACTO III

¿A dónde?

 

El hecho de que el presidente haya anunciado que quiere convocar a una asamblea constituyente genera mucha incertidumbre sobre el futuro del país. Ya se ha dicho mucho. Que la economía. Que el orden público. Que las relaciones exteriores. Pero mencionar cosas que podrían salir mal –o bien. ¿Qué sabemos?– como si fuera un juego de adivinanzas no nos dice absolutamente nada sobre nuestra situación. No conocemos la fuerza y duración de las consecuencias de este suceso de las que tenemos alguna certeza. Tenemos aún menos capacidad para garantizar que las predicciones que podemos hacer se cumplirán. No niego el impacto que tendrá una asamblea constituyente en el país, pero, como con cualquier otro fenómeno político, tasar dicho impacto es una tarea complicada.


No obstante, una cosa es segura. Ante el panorama político que prevalece en el país y el rechazo extendido que provocó la propuesta, se ve que esta movida le costará al presidente. La coalición de gobierno ha sufrido pérdidas en los dos años transcurridos de su mandato con la salida del Partido de la U y del Partido Liberal. De esta manera, gran parte de la agenda legislativa se ha hundido en las comisiones congresionales, como fue el caso de la reforma de salud. Con el emocionante anuncio es posible que más partidos abandonen la coalición de gobierno, más proyectos de ley se hundan en el Congreso y el presidente se vuelva cada vez más impopular. Ello podría dar pie a que actores políticos que consideramos marginales desde las últimas elecciones regresen con mucha más fuerza que nunca y nos tengan a todos diciendo «cuidado con el 26».


Otra cosa que me hace pensar sobre esta cuestión es qué pasaría si la asamblea constituyente se convierte en una realidad y cumple el objetivo que el presidente dice que cumplirá. Imaginemos que todo va relativamente bien. Se convoca a una Asamblea Nacional Constituyente, se aprueba y promulga con éxito la nueva Constitución y se mantiene la situación del país al menos inicialmente. ¿Cómo podemos estar seguros de que el espectáculo no será sólo temporal? En otras palabras, ¿qué garantiza que la nueva Constitución –o, si somos más estrictos, los cambios realizados a la Constitución actual– se mantendrá firme y nadie vendrá después tratando de restaurar el statu quo ante?


Hacer la pregunta es bastante sencillo, pero dar la respuesta no lo es para nada. ¿A dónde nos llevará una asamblea constituyente? No es sólo la gran incertidumbre que rodea esta cuestión lo que hace que sea extremadamente espinosa para tratar. Es que es difícil separar los intentos serios de hacer predicciones sistemáticas de los discursos de aquéllos que apoyan o rechazan la propuesta. En este escenario, la seguridad simplemente no es algo con lo que podemos contar. Y el porqué no tiene mayor misterio que el hecho de que nadie nos la puede brindar. Así se puede transformar la reacción de la gente ante la propuesta. Por un lado, la incertidumbre hará que la ansiedad de algunas personas se dispare. Por otro lado, algunos permanecerán impasibles y decidirán enterrar el asunto.

 

Y hémoslo ahí. Sé que las palabras que estoy a punto de decir son sumamente odiosas, pero no hay más prudentes en este momento. Sólo el tiempo podrá darnos las respuestas que buscamos siquiera para entender qué es lo que tenemos entre manos. Se cierra el telón.


 

Referencias

1.      «Los puntos claves de la asamblea constituyente propuesta por Petro en Colombia». CNN en Español. 19 de marzo de 2024. Consultado el 7 de abril de 2024.

2.      «30 años de Constitución: ¿instrumento de unidad de los colombianos?». Fundación Konrad Adenauer, Universidad del Rosario, Cifras y Conceptos, El Tiempo. 13 de julio de 2021. Consultado el 8 de abril de 2024.

3.      KELSEN, HANS (1934). Teoría pura del derecho. Introducción a los problemas de la ciencia jurídica. Madrid: Editorial Trotta. Consultado el 6 de febrero de 2022.

4.      «El Partido de la U deja oficialmente la coalición de gobierno y declara su independencia». El Espectador. 16 de mayo de 2023. Consultado el 29 de septiembre de 2023.

5.      «César Gaviria anuncia que el Partido Liberal declarará su independencia de la coalición de gobierno». El Tiempo. 27 de noviembre de 2023. Consultado el 9 de abril de 2023.

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