Una verdad condenada al olvido



El relato de la guerra, ese cruento conflicto que sufrió el campesinado, las comunidades indígenas, raizales, palenqueras y afrocolombianas. Que afrontaron los municipios olvidados y relegados incrustados en la extensa geografía colombiana.


Es la guía de ruta para abanderarnos de la verdad, de la triste realidad colombiana que perturba el porvenir de un mejor futuro. Es el mapa con las instrucciones marcadas para dejar de ser un país cual perro ciego y con bozal, que calla frente a las masacres, los bombardeos, los desfalcos, frente a los carruseles de contratación y la corrupción electoral.


Porque no hay mejor forma de construir un futuro que aceptando y hacer frente a la verdad, la verdad sobre un Estado arrodillado a los pies de un sector político que lucra sus arcas por medio de la violencia, del despojo de tierras y la acumulación de grandes latifundios, como de la promoción de grupos «de protección campesina» que desplazaron a más de 4 millones de personas de su comunidad.


Que alimenta sus discursos hegemónicos, verticales y agresivos para aspirar a un cargo público con la compra de votos, con la extorsión y el constreñimiento. Con la generación del miedo por medio de la ignorancia que sus electores le entregan; de sembrar terror creando un falso enemigo que a fin de cuentas sólo los retrata a ellos.


Sermones cargados de veneno que incitan a la intolerancia e irrespeto por la diferencia. Tachando de criminal, vandálico y corrupto a la diversidad y pluralidad, a la oposición y a todo aquel que siembre escritos que difundan su actuar delictivo. Pues no hay nada que hagan mejor que excusar su conducta apelando a falsas realidades, que desviar el foco de atención de sus acciones reprensibles sobre los defectos de quienes los acusan. De negar las consecuencias de sus actos minimizando la calidad de sus víctimas o la proporción de los daños. Técnicas de neutralización que muy bien conocen y que bien usan para generar discordia, y confusión en quienes se apoyan en las mismas ideas, construidas en sangre y guerra producida por las ansias del poder. Pero “la verdad es lo que es, y sigue siendo verdad, aunque se piense al revés”(Antonio Machado).


Es toda esa red corrupta permeada por las elites colombianas que debemos de cortar. Porque la verdad es hija del tiempo, no de la autoridad (Sir Francis Bacon).

Y es que apropiarse de la historia que precede a tu país no solo despertará los corazones ofuscados por una guerra, sino que dará las bases para la no repetición de hechos creadores de asesinos que corrompieron la cultura, la política, la economía y a la sociedad colombiana. Pues el desconocimiento de la realidad como la indiferencia hacia la historia condenaran a una Nación a ver crecer nuevas generaciones abanderadas de la violencia. Porque la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio (Cicerón), el silencio de una nueva sociedad que afronta las consecuencias del abuso del poder.

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