Las multitudes

Para Julián, quien vivía y ahora está muerto,

Lo recordamos nosotros, quienes vivíamos y ahora estamos muriendo,

Con muy poca paciencia.


  1. Santafé, 2048


Una paloma de cielo gris extiende sus alas,

sobre este mundo de multitudes; cuando

agosto trae las almas al entierro, y empuja

las sombrillas secas, ventila

en la hojarasca incendios al atardecer.

Cuando caminamos en septiembre, por centros

periféricos, afilan los caballeros

sus navajas con carnes templadas.

Corriendo sobre aguas, esperamos

la promesa que vive en las pólvoras.

En abril cesa el aullido;

nos quedamos en un café,

acabamos con dos o tres cajetillas,

esperando el sol de las seis:

Timeo danaos et dona ferentes[1].

Y recordará el país,

que cuando Arango Vélez saltó a la arena,

se alzó como he saltado yo.[2]


¿Qué aire respiras?

¿Qué contracciones se logran? en este tumulto palpitante.

Las partículas triangulares —invisibles—

vienen por nosotros. ¡Por nosotros! Atrapados

en una nube montañosa, oscurecidos en sombra, mojados

bajo el árbol seco.

Ya la cigarra desapareció,

y se llevó con ella a las luciérnagas

(¿Dónde? ¿Dónde están las luciérnagas?);

en esta noche roja de sombras escurridas,

del invierno en que no hay nieve.

En esta noche roja de exostos,

déjame mostrarte a los triángulos asesinos.


Una vez me invitaste un puro de tu padre—

me invitaste muchos puros de tus padres;

y nos sentíamos puros,

cuando fumábamos sentados, en casa paterna.

Pero al amanecer— después de los rones,

y los juegos, y el amor inalámbrico

que condensaba el aire,

se me enrojeció la cicatriz que llevo en las manos.

Y ya no me quisiste ver cuando fuiste a tu cama.

Me dejaste, latente, en tu terraza,

sin siquiera un beso,

buscando algo en el corazón de la noche,

cuando ya era el alba.

And I could not see to see.


J.P., fotógrafo de la escena, me interrogó en el cuarto de revelado, cuando una sombra de luz manchó mis negativos.

Con su ojo característico, acá, me dijo,

Mirá esta, la del campesino;

la hoz te está diciendo algo, como susurrando a la vista, vela—

¿No ves que eso habla de cosechas?— y es que se repite, mirá:

Acá como que un orbe te señala la tierra, a propósito,

y acá a la viejita le brillan los ojos como a una muchacha.

No se veía algo así desde que mataron a Pizarro.

Y en esta otra, de la multitud, la sombra parece como una sábana.

Están buenas, aunque así no las querías.

Ve y sí ves a Santiago, decile que se tome más su tiempo,

que esto es una cuestión de paciencia.


Una paloma de cielo gris extiende sus alas,

sobre las alas del águila rampante y sus granadas de gules:

y oscurecen las líneas imposibles de esta cumbre borrascosa.

Una persona impropia se va reuniendo en mil,

sobre la calle mil, con autopista mil.

Tantas personas, y yo creí conocer solo a una,

acá, pegado de la montaña,

bajando por la carrera séptima, para encontrar la catedral.

Caras, pegadas a ventanales me exhalaban una invitación

o una advertencia, y gritos

de placer o de cansancio llenaban frentes brutaceos.

En las esquinas de viento encontré a uno que reconocí,

pero se me perdió en la memoria de esta maleza,

entre un tumulto,

hasta que comencé a llamarle con la canción

de una golondrina, como una trompeta:

¡Oh! golondrina, golondrina,

Quando fiam uti chelidon[3].

Y poco supe que me había de responder,

pero solo por la milésima de su único segundo.



  1. Un juego de caras


Primero hay un cuerpo lánguido,

está postrado sobre un sofá.

Estaría muerto, o muriendo, de ser posible.

Lo bañan las olas en esta roca suave—

a veces se levanta para erguir su columna de dientes cariados—,

para observar entre cavilaciones

su encallado silencioso,

a través de ventanas dobles.

Luego están los dos cuerpos chocantes,

que van matando el tiempo a la orilla de la tormenta;

en algún momento perdieron el balance

y las piernas se les esfumaron -

sólo se evidencia una discusión apasionada -

a punto de ser volcada por el relámpago.

Ahora, considera a un árbol:

Un Samán, grueso como solo puede serlo un samán;

considera el aire mugriento y pesado,

que en la tarde se le escurre al samán—

como alimañas— y le mueve las ramas olvidadas;

en algún momento, el samán incauto,

fue abandonado por los niños

que durante el día se le acercaban a jugar bajo su sombra,

y los sacerdotes verdes que le prendían inciensos en la noche,

escapando de las luces y los ojos de espías.

Quedó solo.

Termina todo como un acto de desesperación -

un cuerpo lánguido se resbala los hombros en un bosque

de máscaras entre máscaras,

y las gotas de peligro le caen en la nuca

y la tinta invisible le mancha las manos;

en un momento, recorriendo el camino,

ha de resbalar y caer de frente.

Cuando se levante, se llevará con él un puñado de polvo,

donde el miedo habita.

En el aire mugriento y pesado es libre.


Yo lo vi todo, lo he debido todo,

en esos años que se perdieron,

pero por muy buenas razones.


Soñando con un hombre que jugó su vida, cambió su vida,

y simplemente, la perdió un día.

¡Ah! Belinda

“No se qué me pasa, no sé qué me pasa,

“A veces vienes y a veces no.

“Pero no sé qué me pasa;

“Si no puedes ni llamar. Llámame”

Tenme paciencia, ya no sé quién eres.

“No se qué me pasa”

No soy quién para decir

“No sé qué me pasa ¿Por qué te cambiaste de cara?”

No soy, otra vez no soy.


¿Qué me pasa? ¿Qué te pasó?

¿Qué quieres que pase? ¿Hasta dónde quieres llegar?

En algún fragmento se encontrará, la verdad

De lo que nos hizo la Beldam,

Eso me lo dijo H.P. hermano de J.P.

Cuando Eneas partió. Y yo saltaré a la arena,

Cuando una mañana me encuentre convertido

En Félix von Schwarzenberg o Francisco José.

Lo dije yo en voz alta y nadie me entendió.


  1. Una cuestión de paciencia


El aguacatal se ha desbordado,

los Andes se me deslizan de la piel en una avalancha,

y eso que todavía no llegamos a Cajamarca.

Dulce valle, canta lejos—

mientras me alejo de tu corazón,

y dulce río, desbórdate agresivamente—

esperando a que vuelva el sol.

Luego podremos buscar a los ahogados,

por ahora, disfrutemos de su canción.

Dulce río, tráeme a los Andes—

hasta este paredón.


El piso de la casa se ha derrumbado—

la abuela no sabe qué hacer con nosotros.

Bailamos y saltamos tanto y tan alto

que el valle se ha hundido;

nos desmembramos, nos deseamos

nos olvidamos.

La abuela ya no sabe qué hacer con nosotros,

cuando nos encontramos.

Ella ya no mueve los labios,

ya no sacude los dedos;

yo creo que también se habrá olvidado, desde que

se le derrumbó el piso, en la casa.


Si hubiera una vuelta a la izquierda en vez de la derecha,

sí un túnel al menos cubriera esta distancia,

nos ahorraríamos el tiempo de la avalancha.

Pero, ¿dónde vive esta gente?

que deambula las líneas a mitad del camino.

Cuando volteo a mirarlas me parece lo más natural

que ahí permanezcan dando sus pasos,

pero cuando les retiro la vista,

¿dónde viven esas personas a la mitad del camino?

¿En chozas de aire?

¿En las copas de coníferas improbables?

Serán los fantasmas de seis mil personas

enterradas bajo esta tierra jubilosa.


Nosotros creemos,

Y creemos que no hay sepulcros suficientes bajo la lápida,

Hemos venido a morir en este desierto.

Todo termina siendo una cuestión

De paciencia, y a veces de deseo.


Quien amaba y quien nunca ha amado[4],

Se sentaron, en primavera, de lado a lado,

Hablándole a las golondrinas.

Y Dadá entrará algún día por mi ventana,

con una paloma entre los dientes,

y me librará de este fantasma.

Cali, Bogotá, Bruselas. Como aquellos puentes que se caen.

Me conozco demasiado bien como para no esperarlo.




Bibliografía [1] La Eneida, Virgilio. Libro II, verso 49 [2] Jorge Eliecer Gaitán, mayo de 1946. [3] ¿Cuándo me volveré golondrina? – Perviglium Veneris [4] Perviglium Veneris

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