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Regalo amapolas con olor de amaretto

Un bajo

con delicadeza,

profunda,

asomaba su

melodía,

entre nubes

mundanas.


Se pincelaba

un teatro,

de madera

siciliana,

con fragancia

naranjada,

en otraño

otoño.


Decoración fina

de amapolas cristalinas,

Carmesí turquesa

en la sobrecubierta.


Afloraba

un joven,

singular,

de noble

andar,

entre la avenida,

abarrotada,

de un gentío

artificio.


La brisa gélida

rozaba su rostro,

moreno castaño,

en el ambiente

frígido.


Su abrigo,

de amaretto cancio,

arropaba su

ensimismado cuerpo.


Cruzaba las vías

poco audaz,

irradia en sus ojos

una estrella fugaz.


Sus manos, pequeñas,

empacadas en los bolsillos.

Sus labios, gruesos,

con copos de frío.

Su barba, atezada,

algo congelada.




Divisó un

perfume,

Ababol

mielinizado,

de nota

allozado.


Un rostro,

en mármol

bronceado,

tímido,

fluía al azar,

con la

fragancia

crepuscular.


Ambos semblantes,

ahora entrelazados,

ahora vinculados,

ahora enredados,

hacen bailar

al amaretto profundo,

intenso,

con amapolas granas,

encantadas,

al són del

almendro.


Se acercan,

cruzan,

reflectores disfrazados

de cítricos colorados,

como un sueño

alicorado.


No mueven

la mirada,

la cabeza.

Envueltos en

el aroma de

vainilla

armoniosa.


Y mientras

entrecruzan manos,

permanece la

melodía

que hace danzar

al abrigo de amaretto

y

al perfume de amapolas.

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