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URosario: ¿de quién, para quién?

El 1 de octubre de 2018 quedó elegido por primera vez José Alejandro Cheyne para reemplazar a Jose Manuel Restrepo como honorable rector del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. La elección se dió en medio del movimiento #ResistenciaRosarista que temía que una persona alejada de la institución, sin un pasado rosarista, llegara a la rectoría. Cuatro de los cinco consiliarios y nueve de los 15 colegiales votaron por Cheyne, lo que le sirvió para vencer a Andrés López Valderrama, también rosarista, quien fue fuertemente criticado por ser un consiliario de la Universidad.


Una de las primeras instrucciones de Cheyne a sus co-gobernantes (consiliatura y colegiatura) en la universidad fue comenzar a trabajar inmediatamente por su reelección en 2022. En consecuencia, parece que hicieron un muy buen trabajo, pues Cheyne se reeligió bajo las circunstancias más extrañas: sin ningún contrincante, con la unanimidad de los votos y sin explicaciones de cuáles eran sus propuestas o porqué el consenso era tan férreo para reelegirlo.


Así que me surge la curiosidad de qué pasó en esos cuatro años para que un sistema de pesos y contra pesos conformado por tres cuerpos, supuestamente independientes, fuese completamente cooptado por la rectoría. Para comenzar, Cheyne estableció un plan ambicioso de infraestructura, acompañado de un nuevo enfoque académico con el que revolucionó la Escuela de Administración, y ahora iba a revolucionar la Universidad.


Desafortunadamente, Alejandro comenzó a encontrar obstáculos en su camino. Según parece, la Universidad del Rosario era una institución seria que contaba con un Síndico responsable, con un plan de inversiones para la sostenibilidad financiera a largo plazo. De igual forma contaba con una vicerrectora excelente y un plan académico en marcha. Para superar estos obstáculos, la respuesta fue simple. En julio de 2020 Cheyne le pidió la renuncia a Stephanie Lavaux, quien llevaba 20 años trabajando para el Rosario, y la reemplazó con Sergio Pulgarín, que venía de trabajar con Alejandro en la Escuela de Administración. Igual de sencillo fue pedirle la renuncia a Miguel Francisco Diago, quien había sido el Síndico de la Universidad por ocho años y ponía objeciones responsables a los planes del rector. Su reemplazo fue Juan Manuel Ospina, que con la consiliatura autorizó la desarticulación del plan de inversiones vigente para retirar capital de los fondos y comenzar la inversión masiva en infraestructura.


Sin embargo, los despidos, y ojalá fueran despidos, no paran aquí. Digo que no son despidos porque en medio de la profunda iliquidez del Rosario no se pueden dar el lujo de despedir sin justa causa a sus trabajadores de más de una década. A todos les piden la renuncia para un retiro de común acuerdo, en donde la indemnización es mucho menor. Faber Arias, quién por 8 años fue el Director de Recursos Humanos, salió en octubre de 2020; Ana María Novoa fue reemplazada por Claudia Dulce en la Dirección de Egresados luego de llevar seis años el cargo. Ambos preguntaron por el presupuesto de sus dependencias y manifestaron su preocupación por el enfoque obstinado en la infraestructura. A finales de 2022 también pude presenciar una ola masiva de “renuncias” de personal administrativo en todas las dependencias, la Universidad se apretó el cinturón.


¿De qué se trata este famoso plan de infraestructura? La Universidad identificó correctamente un déficit de espacio para los estudiantes en 2018, tras lo cual se dispuso a comprar varios bienes inmuebles alrededor de la Sede Claustro, Quinta de Mutis y un Plan Parcial para la Sede del Emprendimiento, la Innovación y la Creación (Sede SEIC) como parte del plan Ruta2025. A pesar de las buenas intenciones, estas obras se han visto constantemente frenadas por problemas con permisos, autorizaciones para la intervención de patrimonio histórico (Torre 3 se encuentra dentro del Plan Especial de Manejo y Protección del centro histórico), una pandemia y falta de recursos. De hecho, las dos principales obras: Torre 3 en el Claustro y el edificio de investigaciones 370 de la Quinta de Mutis, están en pausa desde noviembre del año pasado.


Para hacer seguimiento de dicho plan, los reportes de la Universidad no son muy útiles. Mientras en el Mapa de Gestión Planificada de Sindicatura para 2023 (abril) se reportaba un avance de 38% y 22% para cada obra, la página de planeación de la Universidad reporta que el avance para enero de 2024 es de 18% y 18,7% respectivamente. Un retroceso de casi 20% de ejecución en un espacio de menos de un año. Las cuentas no cuadran.




Tener a estos elefantes blancos adornando nuestras sedes sale bastante caro. La Universidad ha adquirido deudas con distintas entidades financieras por más de 120.000 millones de pesos. Tanto así, que el monto de inversión de la Universidad pasó de 182.000 millones a 109.000 desde 2017 a 2023. Esto es un problema, pues se sacrificó la sostenibilidad financiera de la Universidad y todos los rendimientos que producían las inversiones, todo con el fin de poder financiar las obras. Incluso luego de haber abierto las arcas de la Universidad, 2022 fue el primer año desde que se tienen estados financieros en donde el Rosario reportó un déficit operacional.


En una institución financieramente responsable, como lo era la Universidad del Rosario bajo la sindicatura de Miguel Diago, no se depende de las matrículas del próximo año. Es decir, la cifra de efectivo y efectivo equivalente, sumado a las inversiones, siempre debe ser mayor a los ingresos diferidos (matrículas del próximo año). Cuando esto sucede, la Universidad puede cerrar en cualquier momento y tiene cómo devolverle el pago de matrícula a todos sus estudiantes. Observemos el ejemplo de 2017:



Efectivo + Inversiones = 212.667 millones, lo cual es mayor a los 120.331 de ingresos diferidos. Se pueden cubrir los pasivos en cualquier momento. No obstante, el retiro de fondos de inversión, así como la disminución del efectivo y equivalentes, ha producido una crisis de liquidez en la institución. En este momento el Rosario se está gastando la plata de las matrículas del próximo año. La Universidad no podría devolver el dinero a los estudiantes si llegase a cerrar operaciones. Veamos los estados financieros de 2023:


Podemos ver que el efectivo + inversiones = 131.087 es bastante menor a los 160.036 de los pasivos por ingresos diferidos. Hay iliquidez absoluta en el Colegio Mayor. Todo esto ha sucedido bajo la supervisión y dirección de la sindicatura, la rectoría y la consiliatura. En 2021 se creó un endowment por 50.000 millones de pesos como fondo a largo plazo. Una oportunidad para consolidar un capital semilla para no depender exclusivamente de las matrículas como fuente de ingreso. El endowment, no obstante, no duró mucho. Pues en septiembre de 2023 la consiliatura y la sindicatura aprobaron el retiro del 50% del capital y el 100% de los rendimientos. De esta forma, eliminaron cualquier posibilidad de aprovechar el interés compuesto de la inversión y agravaron la situación de iliquidez de la Universidad.


La sustitución del capital de inversión por capital físico ha traído graves consecuencias para la gran mayoría de dependencias del Rosario. Como adelantaron los funcionarios que fueron despedidos por comunicar sus problemas de presupuesto, los recortes en gastos han provocado deficiencias en la atención psicológica, programas de investigación, salidas de campo, cofinanciación de aplicaciones a becas internacionales, programas de movilidad académica, mantenimiento de la infraestructura existente, entre otras actividades cruciales para una institución de educación superior de calidad.


Una de las consecuencias más visibles han sido los despidos de profesores con largas trayectorias académicas y excelente reputación internacional en las Facultades de Economía y de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos. En lugar de “proteger el talento”, estas facultades han decidido sacrificar a investigadores con desempeño excelente bajo cualquier métrica de productividad académica. Todo esto en medio de una crisis en el sector de la educación superior en donde las matrículas van en declive y las Universidades reciben cada vez menos estudiantes por semestre. Para completar la moñona, uno de los principales edificios en la sede Claustro, Casur, finaliza su contrato de arrendamiento con la Policía Nacional y próximamente debe ser devuelto.


En resumen, gracias a la gestión de los últimos seis años, lentamente la Universidad del Rosario va quedando sin capital, sin estudiantes, sin profesores… ¡y sin edificios!


Entonces nos podríamos preguntar: ¿por qué, a pesar del mal manejo de los recursos, se reeligió al rector de forma unánime y sin alternativas? En este punto de la historia vale la pena revisar las graves acusaciones de tráfico de influencias por parte de la consiliatura, la rectoría y la colegiatura. Cada vez se han vuelto más frecuente ver a colegiales de cohortes anteriores ser contratados por el Rosario sin haber tenido ninguna experiencia previa en cargos que lo requieren. Estudiantes que son contratados como profesores de cátedra luego de graduarse del pregrado, o con cargos de dirección de dependencias importantes en reemplazo de empleados que llevaban varios años dentro de la institución.


La cohorte de colegiales que reeligió al rector cuenta con personas que llevaban varios años trabajando en la implementación de los programas de la Ruta2025, así como con estudiantes que fueron luego contratados por la Universidad. A pesar de esto, solo un colegial, no sé sabe quién, decidió reservar su voto en 2022. Ninguno declaró conflictos de interés. La historia es similar en la consiliatura, en donde incluso alguna vez le negaron el acceso al síndico Diago para presentar su análisis de los planes que la Universidad estaba considerando implementar. Se rumoreaba la candidatura de Stephanie Lavaux y de Juan Daniel Oviedo, quién incluso hizo públicas sus intenciones de contener el cargo en una entrevista radial a mediados de 2022. A pesar de todo, nunca se abrió el espacio para la participación de nadie más, y a la hora del té solo hubo una opción.


Sin embargo, lo más ensordecedor de las acusaciones, es el silencio de las directivas. Un rector que en los últimos años ha buscado cada oportunidad posible para salir en medios de comunicación, hoy se esconde cuando los medios más lo buscan. No hay investigaciones, no se justifican los despidos, las decisiones de inversión, no hay transparencia en los mecanismos de gobierno corporativo. La única respuesta fue un comunicado en donde mencionan el rendimiento de investigaciones, algunas de las cuales fueron publicadas por profesores que ya despidieron; hablan del ebitda total, sin mencionar su desplome desde 2019; y mencionan su inversión en obras que en este momento están sin entregar y en pausa, así como omiten que en 2024 no hubo aumento salarial para gran parte del personal rosarista. Se imaginarán quiénes sí gozaron del aumento.


La Universidad del Rosario a lo largo de sus 370 años de historia se ha caracterizado por el lema: de estudiantes, para estudiantes. Hoy a duras penas podemos decir lo mismo. Comunicados de estudiantes, profesores, egresados y exfuncionarios demuestran que atravesamos una crisis de gobernanza sin precedentes. Se sacrificó el componente misional de una institución ligada íntimamente al desarrollo de Colombia por la gestión inmobiliaria. Un sistema de gobierno que funcionaba desde 1653 fue tristemente desmantelado y ya ha causado daños financieros irreversibles. Es hora de volver a revisar las Constituciones para el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y preguntarnos: ¿de quién, para quién?


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