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Las protestas pro gobierno son un chiste mal contado

Si te consideras “petrista”, es decir, que no apoyas un conjunto de ideas, sino que confías absolutamente en una persona en particular, deberías cuestionarte qué te diferencia a ti de un fanatico religioso. Muchas personas se abstienen de escribir en contra de la actual administración en la Casa de Nariño. A pesar de las alegadas manipulaciones de información acerca de las reservas de petróleo del país, del juego de poder contra los proyectos de Bogotá y de los contratos estatales con influencers, las personas siguen justificando este tipo de situaciones. No soy ignorante y puedo entender el porqué de este fenómeno. Colombia ha tenido que aguantar, desde hace mucho tiempo, gobiernos de derecha que no permitían la alternancia política y que nunca tuvieron en cuenta las voces de los más vulnerables. Este gobierno de izquierda fue una luz de esperanza para muchas personas. Sin embargo, olvidan que el poder es un juego de influencias, y que los héroes en campaña pueden ser los villanos en el triunfo.


Este primer párrafo probablemente ataque bastante susceptibilidades. Para algunos ya puedo ser etiquetado como un ignorante o un uribista, pero no es el caso, a pesar de que muchos se nieguen a aceptarlo. Les propongo algo: en este artículo no busco simplemente dar afirmaciones gratuitas, quiero justificar mi opinión con un amplio estudio sobre qué significa la libertad de expresión, los juegos de poder y los peligros del fanatismo. Uso el ejemplo de las protestas pro gobierno, porque en mi opinión es la cúspide de lo que tanto quiero criticar.


El poder es una enfermedad simbiótica de las sociedades. No podemos deshacernos de él porque está en nuestra naturaleza humana y también lo necesitamos para organizar las comunidades, pero siempre ignorará las preferencias de algún grupo de personas. En el pasado, el poder se concentraba en una sola persona que abusaba de sus súbditos, pero logramos ponerle límites a través del derecho y el constitucionalismo. Después, cansados de la inseguridad jurídica del soberano, se consideró necesario darle el poder legislativo exclusivamente al pueblo y creamos la figura del parlamento. Por último, decidimos que los funcionarios estatales no deberían ser más que simples trabajadores, que pueden ser revocados de su cargo si es necesario. Todos estos triunfos del liberalismo fueron un alivio para garantizar la libertad de las personas. Llegamos a este punto donde el pueblo ejerce “poder sobre sí mismo”.


Todo es hermoso hasta el momento, pero no es lo que parece. El problema actual de las sociedades actuales se resume en una frase de John Stuart Mill: “el pueblo que ejerce el poder no es siempre el mismo pueblo sobre el cual es ejercido”. La voluntad del pueblo no es la voluntad de todos los individuos, es la voluntad de la mayoría o de la narrativa ideológica más activa y agresiva. ¿Por qué hice un resumen de las victorias históricas del liberalismo? En esos triunfos el pueblo logró limitar la tiranía de un individuo y de las autoridades públicas, pero ¿quién controla la tiranía del pueblo? El pueblo puede ejecutar sus deseos sin límite alguno. Sus opiniones y decretos, sean buenos o malos, pueden ser impuestos con una tiranía social de la cuál no se puede escapar, ya que se encuentra en todos los espacios de la sociedad.


A diferencia de la tiranía de los gobiernos, la tiranía del pueblo no necesita hacer uso de la fuerza. La sanción del pueblo es invisible, porque se basa en una sanción moral contra la opinión diferente. La sociedad sanciona por medio del rechazo absoluto a quien vaya en contravía de sus decretos. Este tipo de coerción es tan poderosa como las opresiones políticas, porque el ser humano no puede vivir aislado de sus similares. Somos seres sociales que siempre buscan la aceptación de los demás. Por lo tanto, el pueblo tiene la potestad de imponer sus reglas y deseos sin mayor resistencia.


Las protestas pro gobierno vienen a ser una amenaza de lo que he expuesto anteriormente. Repasemos el orden de las circunstancias recientes. El gobierno busca hacer varias reformas estructurales: la política, la salud, los tributos y el petróleo. Son cuestiones que han sido altamente cuestionadas porque su impacto es de tal magnitud que puede afectar directamente la vida de cada ciudadano. Frente a esto, el presidente y otros magistrados del gobierno han convocado manifestaciones sociales para generar presión en la aprobación de estos proyectos. Llamar a esto un “espacio de diálogo” me parece una excusa tan absurda como aquellos que así lo denominan.


Hablemos de la esencia de la protesta social. En un principio, el objetivo de la protesta social era generar una conmoción interior tan fuerte que daría a los protestantes una mayor posición de negociación frente al poder ejecutivo, este último vería en riesgo la estabilidad de su cargo y cedía a la negociación. Sin embargo, cuando la protesta no va en contra de la administración sino que, todo lo contrario, busca apoyar fervientemente sus pretensiones, el objetivo cambia y ya no es alcanzar una mejor posición de negociación, ahora es socavar a aquellos que quieren negociar. Es necesario recordar que las manifestaciones sociales generan un efecto psicológico en los tomadores de decisiones. Cuando varios congresistas ven que hay una parte de la población que está en favor del gobierno de manera agresiva, se encienden incentivos favoritistas de apoyar estos proyectos para complacer al electorado. Por ende, la deliberación se ve obstruida por los sesgos de ciertos legisladores que buscan seguir la narrativa imperante en las calles. Sin embargo, el impacto de estas manifestaciones pro gobierno es muy bajo, solo un grupo muy reducido de personas se reunió en la Plaza de Bolívar para llevar a cabo esta actividad. Aún así, aunque la realidad no haya generado el impacto esperado por Gustavo Petro, no le quita la gravedad de su verdadera intención con esta convocatoria. A pesar de que el mensaje terminó siendo débil, es inmoral la expectativa que se tenía de él.


¿Por qué hay personas que salen a las calles a apoyar o rechazar proyectos que no han estudiado? La respuesta corta es el fanatismo, pero podemos hacer un esquema más completo de lo que significa esta palabra. El sentimiento de empatía que ha generado el gobierno ha sido muy grande, al punto de que muchas personas lo pusieron en un pedestal moral. El servilismo siempre ha sido una característica de la naturaleza humana, buscamos trabajar por un fin más grande que nosotros mismos, pero no podemos alcanzar esas metas como simples individuos, nos vemos en la obligación de delegarlas a quien tiene el poder para hacerlo. Las personas confían en su líder político porque ven reflejado en él todas las posibilidades de lograr lo que ellos consideran correcto en la sociedad. Todos queremos imponer nuestra moralidad, porque la vemos como algo objetivo y cuando aparece un líder carismático que promete llevar a cabo esa misión, la gente está dispuesta a luchar por este político creyendo estúpidamente que están luchando por ellos mismos.


Aquel rechazo absoluto por la opinión alternativa es nocivo para el progreso de la sociedad. La ideología progresista reciente trajo estudios positivos sobre ciertas opresiones estructurales, pero no es el punto máximo de la moral humana. Las ideas de izquierda son consideradas hoy en día como la cúspide del progreso humano, como lo fue en su momento el liberalismo clásico y las ideas de libre mercado. Pero estos dos últimos ejemplos mencionados nos dejan claro que las ideas nuevas no son necesariamente el punto final de la discusión, el intelecto humano necesita seguir estando en una constante búsqueda de conocimiento. La clave para mantener esa lucha es dejar de luchar irracionalmente por lo que diga un partido político, dejar de reprochar como inmoral al que piensa diferente.


Impedir la expresión de una opinión es un robo para la humanidad. Al igual como se describe en la obra “Sobre la libertad” de Mill: si la opinión es verdadera, se les priva de la oportunidad de cambiar el error por la verdad y, si es errónea, se pierde la más clara percepción y la impresión más viva de la verdad, producida por su colisión con el error. Así que permitir un ambiente donde las personas pueden criticar algo que consideramos un absoluto, siempre puede generar consecuencias positivas a partir de la construcción de conocimiento, ya sea de su confirmación o de su error.


Con este escrito quería explicar los riesgos de querer imponer una moral universal. Colombia debe pasar por un proceso de crítica pura a lo que se nos presenta en la mesa. El fanatismo político se encuentra en cualquier espectro político, y en cualquiera lo veo despreciable, pero hay un deber mayor con respecto a la ideología pro gobierno. Los gobiernos ya tienen un amplio poder sobre la vida de sus ciudadanos, el contrapeso que tenemos contra él es la posibilidad de crítica. Apoyar ciegamente lo que diga un gobierno por denominarse “el cambio” es un chiste. La intención de Petro de buscar la protesta ciudadana para cumplir con su agenda de manera rápida se debe tomar con cuidado.


Bibliografía


Mill, J. S. (1859). Sobre la libertad. Madrid: Alianza Editorial.






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